El programa propone un viaje espiritual de casi cien años de diferencia, conectando la nostalgia báltica contemporánea con el misticismo posromántico vienés. Ambos compositores se valen de recuerdos de la infancia y elementos de la naturaleza para confrontar las crisis de la adultez, buscando un desenlace trascendental y esperanzador.
La obra dePēteris Vasks: Concierto para violín n.° 1 «Luz distante» (Tālā gaisma) se destaca por su inmensa carga emocional y su espiritualidad minimalista. El solista y las cuerdas de la orquesta lograron suspender el tiempo en las secciones elegíacas. Los pasajes donde el violín imita el canto de las aves y los paisajes sonoros de Letonia se ejecutaron con una belleza lírica conmovedora. Las tres cadencias del violín sirvieron como vehículos de un virtuosismo catártico que mantuvo al público en absoluto silencio.
Es una obra de texturas muy densas y contrastes extremos. En los momentos donde estalla la violencia rítmica (el caos del siglo XX), la articulación orquestal corrió el riesgo de volverse ligeramente áspera. Al carecer de una estructura clásica tradicional, la tensión puede decaer si el pulso y la concentración del ensamble titubean en las transiciones largas.
La Filarmónica demostró un notable equilibrio dinámico en la Sinfonía n.° 4 en sol mayor de Gustav Mahler, crucial para una sinfonía que prescinde de trombones pesados y confía en la transparencia camerística. El primer movimiento fluyó con la ligereza vienesa adecuada, mientras que los solos de los vientos (especialmente los fagotes y oboes) y el violín solista con afinación alterada (scordatura) en el segundo movimiento capturaron a la perfección el aire irónico y macabro de la danza de la muerte (Totentanz). El clímax del Ruhevoll (tercer movimiento) abrió las puertas celestiales con una suntuosidad sonora impecable.
El cuarto movimiento, que introduce la voz soprano en Das himmlische Leben (La vida celestial), requiere una difícil mezcla de ingenuidad infantil y madurez técnica. Si la solista fuerza la voz o peca de un exceso de operismo, se pierde la pureza liederística que exige Mahler. Asimismo, en el primer movimiento, las constantes fluctuaciones de tempo (rubato) exigieron una precisión milimétrica del director para evitar desfases menores en las maderas.
