← Volver a podcasts

post de prueba

Sebastian Gimenez00:00 min

texto base

Tenemos ante nosotros una obra que, ante todo, es célebre por el film que realizó en 1977 Ridley Scott. Una cinta que contiene esos elementos de aventura, de romanticismo y de coraje que logran hipertrofiar estéticamente la novela corta, titulada El duelo, que Joseph Conrad firmó en 1907. En la adaptación que entrega Javier Sahuquillo y que dirige Emilio Gutiérrez Caba se contraviene la lógica del teatro. Parece que las adaptaciones novelísticas nos abruman en los últimos tiempos ─no pondré la infinita lista─ y que, además, vienen «acomplejadas» por los propios usos narrativos. Es decir, me explico. Por una parte, el llamado posteatro ya ha incluido sobremanera la narración. Por otra parte, el teatro de corte naturalista que elige argumentos extraídos de novelas recarga las propuestas con narradores que van sobreexplicando lo acontecido, o rellenando huecos allá donde se considera preciso; en lugar de acogerse al diálogo como procedimiento preponderante. ¿Qué conlleva esto? Pues que, en muchas ocasiones, el público se desactive intelectualmente ─se le da todo hecho─ y que, como ocurre, sobre todo, en este montaje, los personajes queden opacados y sin desarrollo.

Si la intención era pergeñar un espectáculo más llevadero, atrayente y hasta divertido, entonces, en cierta medida, han acertado. Para ello, le han dado un toque de humor inglés con la introducción del propio autor redivivo, el mismísimo Józef Teodor Konrad Korzeniowski, nacido en 1857 en Berdíchev (actualmente Ucrania). Daniel Ortiz interpreta con retranca al novelista y se convierte en el relator de las andanzas de esos dos húsares que van a enfrentarse sin fin. Las puntualizaciones y las diferentes referencias a las guerras napoleónicas que transcurren a la sazón se expresan entre chanzas. Le da la réplica su esposa, Jessie Conrad, quien también elaboró sus propias publicaciones. Aurora García Agud, sentada en el piano ─escucharemos, entre otras piezas, la Zarabanda, de Händel─ resulta muy ajustada al ambiente general, un tanto paródico, como si quieran distanciarnos de cualquier motivo épico. Así, esos dos hombres serán descritos tanto en el antagonismo como en la similitud más insultante. Si Armand d’Hubert, que encarna Francisco Ortiz con apostura imponente y una sensatez superior a su rival; pero igualmente ofuscado con las cuitas de su enemigo. Casi siempre por delante en los ascensos en su carrera militar. El otro, Gabriel Florian Feraud, nos deja a un José Juan Sevilla más ansioso, como si la vida corriera demasiado rápido para el logro de sus ambiciones. Demuestra aires donjuanescos y en esta versión nos lo sitúan, incluso, en el salón de Madame de Staël (una invención). Ambos se quedan sin texto suficiente. Esbozos de soliloquios, que no les permiten redondear su rol. Nos deben demostrar su valía más por su espada que por su dicción. Al menos asistiremos a distintos embates de esgrima a muy pocos metros del respetable. Un descuido podría devanarle el cuello a algún espectador de esos que revisan el móvil a cada rato (quizás en este caso las artes escénicas no perderían tanto).