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En torno al origen se ciernen las brumas del tiempo. Otros fueron sus nombres. Ella se llamó Tisbe, Antía, Lionora, Giannozza. Él se llamó Príamo, Habrócomes, Ippolito, Mariotto. Otras fueron las ciudades de su amor: Babilonia, Éfeso, Florencia, Siena. Impedimentos y penalidades fueron constantes en aquella relación; y a menos que un autor piadoso estuviera dispuesto a impedirlo, el desenlace fue siempre trágico. ¿Existieron realmente estos jóvenes antes de convertirse en mito? ¿Antes de ser Giulietta y Romeo, los amantes de Verona?
Dante Alighieri, en la Comedia, es el primero en mencionar a las familias que hoy conocemos: ‘Vieni a veder Montecchi e Cappelletti […] color già triste’ (Purgatorio, Canto VI, vv. 106-108). Están tristes, nos dice; y aunque no abunda en motivos, sabemos que, al repasar la calamitosa situación de Italia a comienzos del siglo XIII, a las ambiciones y traiciones de estos poderosos clanes, oriundos de Verona los Cappelletti, los Montecchi de Cremona, Dante les atribuye responsabilidad en los enfrentamientos habidos en el norte del país entre güelfos y gibelinos, partidarios del poder eclesiástico frente al poder imperial, representado por la Casa Hohenstaufen, en pugna por el conocido como Dominium mundi.
Pero es Ovidio, en las Metamorfosis (IV, 55-167), quien nos lega los elementos esenciales y el pathos trágico determinante en la primera versión conocida de un relato, precedente en la novela de amor griega, cuyas fuentes aún hoy continúan siendo imprecisas. Consciente de la rareza, Ovidio tan solo advierte que ‘se trata de un relato desconocido del vulgo’ (IV, 50). Fue, como escribiera sarcástico otro poeta en ‘La ciudad de Babilonia | famosa, no por sus muros | (fuesen de tierra cocidos | o sean de tierra crudos) | sino por los dos amantes | desdichados hijos suyos | que, muertos, y de un estoque, | han peregrinado el mundo […]’. Él, Príamo —continúa Ovidio—, ‘era el más hermoso de los jóvenes; ella [Tisbe] la más destacada doncella que Oriente produjo’ (IV, 55-57). Vivían en casas contiguas, y, a través de una rendija oculta en la pared (camino para la voz), se comunicaban un amor prohibido por los padres. Una noche deciden burlar a sus respectivos guardianes, abandonar sus casas y traspasar las murallas de la ciudad. Como punto de encuentro acuerdan el sepulcro de un rey antiguo. ‘Había allí un árbol cuajado de frutos níveos, un alto moral y una fuente de agua fresquísima’ (IV, 89-91). Espoleada por la audacia que el amor infunde, Tisbe es la primera en llegar; se sienta bajo el ramaje del árbol, junto al sepulcro. Aparece entonces una leona dispuesta a beber en la fuente. Los rayos de luna revelan sus fauces ensangrentadas por reciente matanza. Tisbe se aleja con paso incierto, temerosa, dejando caer en la huida el velo que la cubre. La leona encuentra y olfatea el velo, lo desgarra y tiñe de sangre antes de desaparecer entre los arbustos. Apenas llega Príamo, empalidece al reconocer la prenda; los remordimientos lo devoran: ‘Yo te he matado […] yo he dispuesto que vinieras de noche a un paraje aterrador y no he venido el primero’ (IV, 110-113). Desenvaina la espada y la hunde hasta el marfil en sus ijares. Aún tendrá ocasión de alzar los ojos cuando Tisbe se reúna con él. La joven enamorada lo despide con serena entereza. ‘Tu mano y tu amor te han perdido —dice—, [pero] también yo tengo una mano fuerte. El amor me dará fuerzas para herirme […] y, tras disponer la punta bajo su seno, se abalanzó sobre la espada, tibia aún de muerte’ (IV, 148-164).
Será Tommaso Guardati, conocido por el seudónimo de Masuccio Salernitano, funcionario en las cortes de Nápoles y Salerno, quien, en Il Novellino, colección de cincuenta cuentos (novelle a la manera de Boccacio) publicada póstumamente en 1476, se inspirará en el citado episodio de las Metamorfosis, en el Decamerone y en la Istorietta amorosa fra Leonora de’ Bardi e Ippolito Bondelmonti, atribuida sin fundamento al arquitecto y humanista Leon Battista Alberti. Masuccio introducirá varios elementos significativos en el relato. En efecto, en la Novella XXXIII, dedicada a los amores de Mariotto y Giannozza, esta acude a un fraile boticario que le prepara un brebaje capaz de simularla muerta durante tres días. Interviene también un mensajero, cuya misión, avisar a Mariotto de la aparente muerte de su amada, se verá frustrada al caer este prisionero de unos piratas.
Miércoles 1 (ANN)
